Para entender la polarización en Colombia, primero debemos definirla sin rodeos: ¿qué es realmente y por qué se ha desbordado en los últimos años?
En el ámbito político, hablamos de polarización cuando la sociedad se fractura en dos extremos opuestos. Su verdadero peligro no es que tengamos ideas distintas, sino la pérdida absoluta de la capacidad de dialogar. Cuando cada bando se acomoda en su postura, deslegitima al otro y destruye los puentes, el resultado inevitable es la violencia ya sea la agresividad verbal en redes o la violencia física en las calles.
Esta división no nació de la noche a la mañana. Para entender el clima que respiramos hoy, es necesario mirar cómo evolucionó desde el bipartidismo tradicional del siglo XIX (liberales vs. conservadores) hasta las discusiones que libramos a diario en las pantallas de nuestros teléfonos. La incapacidad de tramitar las diferencias mediante el debate democrático convirtió las identidades políticas en dogmas, detonando guerras civiles y el periodo de La Violencia. Más adelante, el conflicto armado, el narcotráfico, la exterminación política y el paramilitarismo consolidaron una lógica de guerra total basada en señalar y estigmatizar al contrario.
Con el Plebiscito de 2016 y el auge de las plataformas digitales, entramos de lleno en lo que defino como una polarización afectiva. Las propuestas y los planes de gobierno pasaron a un segundo plano para darle paso al manejo de las emociones básicas: el miedo, la rabia y la indignación. Los algoritmos crearon burbujas y "cámaras de eco" que nos aíslan, premian el ataque y castigan el argumento. Así se consolidó el partidismo negativo: hoy muchas personas no votan por convicción hacia una propuesta, sino por el rechazo visceral hacia el político opositor, convertido socialmente en un enemigo.
¿Cómo nos afecta esto a los niños, niñas, adolescentes y jóvenes?
Como joven involucrado en los procesos de participación de mi municipio y mi región, tengo claro que la polarización no es una discusión de los políticos en Bogotá ni un mero choque de comentarios en X o TikTok. Es una dinámica que condiciona directamente la vida, la seguridad, el presente y futuro de las niñeces y juventudes en nuestras comunidades:
Entornos divididos en la infancia: Las niñas y niños crecen en barrios y familias cruzadas por la intolerancia. Aprenden desde muy temprano que el que piensa distinto es una amenaza. Se rompe el tejido social y se limitan los espacios seguros donde la niñez debería jugar, crear y formarse en paz.
Estigmatización de las juventudes: Históricamente, la juventud ha sido la que pone los muertos en la guerra y en la protesta. Sin embargo, el discurso polarizado nos encasilla en etiquetas cómodas y destructivas: si un joven exige educación, salud o cultura, desde un sector se le señala de "vándalo"; si decide no movilizarse, desde el otro se le tilda de apático. Se nos niega el derecho a pensar con criterio propio.
Militarización vs. Inseguridad: Investigaciones recientes de (La Silla vacía, 2025) confirman que hechos como la reelección, las reformas, la paz o los "falsos positivos" dividen profundamente al país. Ante la creciente inseguridad, un sector exige la militarización de los municipios. Sin embargo, desde la perspectiva juvenil, muchos miramos estas medidas con reservas, recordando que la militarización desmedida y las ejecuciones extrajudiciales han golpeado históricamente a los jóvenes de nuestras barriadas y zonas rurales.
Desgaste emocional y desconexión política: La toxicidad del debate público genera un agotamiento mental real en las nuevas generaciones. Al ver que la política se convirtió en una trinchera de ataques vacíos que no resuelve el desempleo, la falta de oportunidades ni la salud mental, muchos jóvenes terminan alejándose de la participación ciudadana.
Acabar la lógica del enemigo desde nuestras comunidades
La polarización es una forma extrema de desacuerdo que busca paralizarnos como sociedad. Sin embargo, desde la Asociación Cultural Casa del Niño y la Niña (ACCN) y espacios como la Plataforma 3 Voces, estoy convencido de que las juventudes no podemos limitarnos a reproducir el odio de las dirigencias ni a dejarnos llevar por el algoritmo de turno.
Posicionarnos no significa tomar un bando para atacar al otro; significa tener la valentía de defender el pensamiento crítico, la empatía y la construcción comunitaria. Exigir derechos no es vandalismo y apostarle a la paz no es impunidad. Romper la polarización exige recuperar la capacidad de escucharnos en las diferencias, dudar de nuestras propias certezas y transformar los territorios desde el arte, la cultura y el diálogo sin estigmatizaciones. La niñez y la juventud colombiana merecemos crecer en un país donde pensar distinto no sea una sentencia.

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